24 enero, 2010

LA HISTORIA DE ALEXEI...

Alexie Rosemond, de 11 años, padece fiebre amarilla en un estado avanzado
La enfermedad afecta a su cerebro y le limita los movimientos y el habla
Un equipo médico de EEUU la ha trasladado al buque hospital USS Confort
Tiene pocas posibilidades de sobrevivir, pero queda el último esfuerzo
Rui Ferreira Petit Trou de Nippes (Haití)
Actualizado domingo 24/01/2010 18:06 horas

Alexie Rosemond es una joven haitiana de 11 años de edad que tiene una enfermedad mortal. Pero ella no lo sabe. No puede saberlo. Su cerebro está ya afectado por la fiebre amarilla y ella apenas distingue lo que pasa a su alrededor. Pero grita mucho, no se sabe si del dolor o algún sueño recurrente que le trae el recuerdo de cuatro días bajo los escombros de un edificio de la capital haitiana.

Cuando fue recuperada, su madre hizo lo que muchos haitianos están haciendo estos días. Tomó el camino de regreso a casa, se integró al éxodo interno que vive Haití, cuando la gente en la ciudad destruida descubrió que no tenía trabajo y decidió volver a los campos.

Al cabo de tres días de caminata, junto a su madre, por los caminos llenos de polvo, excrementos y bandoleros, Alexie llegó al poblado de Petit Trou de Nippes, en la punta occidental de Haití, donde el sábado un equipo de exploración del USS Normandy la descubrió postrada en una cama del pequeño hospital.

Tras una breve evaluación, los síntomas no dejan margen para dudas. La pequeña padece de fiebre amarilla, en un estado avanzado, que está afectando ya a su cerebro y a punto de limitar sus movimientos y el habla. La pequeña grita continuamente y la madre, desesperada, no sabe que hacer, más allá de intentar calmarla y llorar.

La pequeña reacciona poco y, en medio de sus gritos lacerantes, mira a todo el mundo con los ojos bien abiertos, implorando, como pidiendo ayuda sin hacerse entender. Pero el asunto es peor. El médico del Normandy confirma que ella no tiene muchas posibilidades de sobrevivir, pero aun así decide hacer un último intento. Hay que evacuarla hacia el buque hospital USS Confort, que se encuentra en la bahía frente a la capital. El problema es dónde aterrizar el helicóptero que la viene a buscar, en una zona tan remota y salvaje.
Evacuación
Por radio, el grupo de exploradores pide al Normandy que envíe un helicóptero y al mismo tiempo, dos soldados y un piloto, comienzan a buscar un lugar donde aterrizarlo. En media hora lo encuentran, no es el mejor pero el posible. Detrás del nuevo mercado de la aldea hay un espacio suficiente para recibirlo aunque hay que sacar de allí a la cantidad de animales domésticos que los lugareños tienen amarados a los árboles. Sean puercos, cabras, burros o gallinas en una jaula.

Mientras, en el hospital, el médico y la enfermera estadounidenses le dicen a la madre que la hija está mal y que van a llevarla hacia un hospital. La madre accede, sin entender que hará, posiblemente, el primer viaje aéreo de su vida y sin saber hacia dónde.

Pronto se extiende por el pueblo que Alexie va a ser evacuada y algo extraño sucede. La gente comienza a aproximarse de la entrada del hospital en silencio, y cuando ella surge en camilla por la puerta, algunos se tiran de rodillas al suelo, se persignan y, en silencio, la miran como si fuera por la ultima vez.

Al cruzar el pueblo, hombres, mujeres, ancianos o jóvenes interrumpen lo que están haciendo para acompañar por momentos a la enferma. Sólo los más chicos, traviesos, siguen el cortejo, en medio de pequeños gritos y algarabía infantil.

Durante todo el recorrido del cortejo que atraviesa mitad del pueblo, la gente se para al borde las calles, en un silencio sepulcral, como si estuviera asistiendo a un velatorio o un entierro. En el fondo la están despidiendo. Sienten en el aire que no la van a volver a ver, con ese olfato para descubrir la muerte que tienen los que nada tienen que perder. En eso se escucha el ruido del helicóptero y el cortejo acelera su paso rumbo al mercado nuevo, que todavía no ha sido inaugurado para va a servir para preparar a Alexie para su vuelo final. Quizá.
La pequeña grita continuamente y la madre, desesperada, no sabe qué hacer
El explorador que la irguió de su cama en el hospital y la colocó en la camilla, el teniente Jordan P. Tyler, intenta colocarle una máscara en el rostro pero ella no deja. Se mueve demasiado, parece asustada aunque lo más probable es que no sepa que pasa a su alrededor. La madre tampoco, no despega los ojos de su hija y, ante la seriedad en los rostros de los que la rodean parece comenzar a darse cuenta de lo que le viene encima en las próximas horas. Que para Alexie puede no haber retorno y suelta una lágrima.

"Súbanla, súbanla", es la orden que llega vía radio del puesto de mando en el Normandy, cuando los pilotos informan de que están listos. Comienza entonces la carrera hasta la puerta del helicóptero que, como una gran boca, parece tragar a Alexie para siempre. Ella, ya habiéndose desprendido totalmente de la máscara, mira a su alrededor, a su aldea, a su madre y alza la mano al tiempo que el aparato comienza a elevarse en los aires. En tierra, muchos se preguntan si no están asistiendo al inicio del largo viaje de la pequeña.

La misión
El día anterior, el teniente coronel Aron Demeyer, un ingeniero naval que habla francés y le encanta enmarañarse en discusiones políticas con sus oficiales a bordo del USS Normandy, propuso al comandante del Normandy, el Capitán J.T. Griffin, ir a tierra con un equipo de exploración a ver cuál es la situación de la aldea y qué podrían hacer para ayudar a los lugareños.
Esa no es la misión del Normandy. El buque de la clase Aegis está fondeado a unas tres millas de la costa suroeste de Haití, en la ruta de los aviones que aterrizan en el aeropuerto de Puerto Príncipe. "El radar del aeropuerto es de corta distancia, aquí en el barco tenemos uno de mayor alcance, así que nuestra misión es seguir la aproximación de los aviones, que vienen para acá desde una larga distancia, y advertir de su llegada al aeropuerto", explica el capitán Griffin, en el exterior el puente de mando, saboreando un puro, tras una cena de pizza y alas de gallina.

El capitán autoriza la misión y lo que inicialmente iba a ser un grupo de 42 oficiales y marineros, se reduce a 19 y un reportero de ELMUNDO.es. La misión es simple, pero los marineros la llevan demasiado en serio. Se trata de navegar hacia la costa unos 20 minutos, ingresar a la ensenada de la aldea de pescadores llamada Petit Trou de Nippes, establecer contacto con la población, sus autoridades y enterarse de sus necesidades.

El punto de desembarco, explica Demeyer, fue localizado tras ser sobrevolado por un helicóptero para asegurar que era apropiado. La ensenada tiene poco calado, por lo cual la aproximación final se hace remando, porque los motores de la zodiac tienen que ser levantados para no enterrarse en el fondo rocoso y coralino.

La operación se lleva a cabo con la ayuda de dos buzos que empujan la embarcación mientras los demás miembros reman. La misión está compuesta por seis marinos de fuerzas especiales –entrenados para hacer explotar embarcaciones o incautar alijos de armas en alta mar, pero que esta vez deben proveer seguridad al grupo e identificar un área donde un helicóptero pueda aterrizar con ayuda humanitaria– un médico, una enfermera, cuatro marinos y un piloto que tiene como misión servir de guía en tierra a sus colegas de los helicópteros.

El desembarco
La llegada del grupo no pasa desapercibida para la población. Están todos en el destartalado muelle esperándolo. Más tarde, el jefe del puesto de policía de la aldea, el sargento Jean Marcis, impecablemente vestido con su inmaculado uniforme de camisa blanca, pantalón azul con raya amarilla y botas lustradas, diría a ELMUNDO.es que los lugareños tenían la esperanza de que alguien del Normandy bajara a tierra desde que vieron el buque llegar hace tres días.
Nadie tiene coraje de decirles que no hay otro día. La misión se acaba hoy
"No se hablaba de otra cosa aquí, la gente espera con ansiedad la visita de los americanos. Tenemos la esperanza de que nos ayuden a resolver nuestros problemas", dijo Marcis. De hecho, al desembarcar el grupo de 'exploradores', los lugareños no tenían un listado de pedidos, porque en el pueblo escasean el papel y los lápices, pero sabían muy bien lo que querían.
"Lo más importante para nosotros es la comida y las medicinas. También necesitamos diésel porque no tenemos electricidad hace tres semanas. Además, nos hace falta una ambulancia, ropa, semillas y granos. Arroz, mucho arroz", dijo el alcalde Pierre Wilmor, electo hace tres años y dos meses, como le gusta precisar, y que desde que comenzaron a llegar los refugiados de la capital, anda doblemente angustiado.

Antes de la tragedia, la aldea de Petit Trou de Nippes tenía 3.800 habitantes. Hoy día, el alcalde no sabe cuántos, porque los refugiados no paran de llegar, y el ayuntamiento no tiene forma de ayudarlos. "Esto se va a poner peor. Cuanto más gente venga, menos recursos tenemos para compartir", dice. El mercado de la aldea es un buen ejemplo. Todos los días decenas de mujeres y hombres bajan de la montaña a vender sus cosechas, sean verduras, bananos, cocos o pedazos de madera quemadas.

Las cantidades disponibles parecen suficientes para la aldea, pero no más que eso. Cuando no hay dinero, lo que es frecuente, los aldeanos intercambian los productos y tienen una 'bolsa' de mercancías improvisada. Un pollo vale cuatro o cinco jabones. Un kilo de arroz se puede comprar por dos litros de aceite. Y diez plátanos equivalen a cinco pescados de tamaño mediano. Pero este último renglón tiene tendencia desaparecer.

"La gente no está saliendo a pescar", explica el alcalde. "Tienen miedo de que otro temblor los atrape en el mar". Esto termina por desesperar a Demeyer, que el sábado por la noche, en el puente de mando del Normandy, le decía a ELMUNDO.es que vio a los peces saltar del agua en la ensenada de la aldea y no entiende cómo no lo aprovechan. "Es difícil de entender eso. Tienen la cañas de pescar, tienen pequeños barcos que les dieron para pescar, pero no lo hacen. Un puerto de pesca sin usar en estos tiempos de hambre", dijo.

La creencia de que un eventual temblor pueda hacer ahogar a quien esté pescando no parece ser generalizada. En la noche del sábado una embarcación de pesca se aproximó del Normandy, no para pedir ayuda sino porque el viento le alteró la ruta. El Normandy pasó de largo, sin asustar a los pescadores.

Despedida
Antes del caer del sol, el grupo tiene que abandonar la aldea. Es un momento triste. Decenas de niños han rodeado los "exploradores" y han establecido un lazo de cariño con los lugareños. Atrás les dejan un cargamento de excedentes de medicinas que mandaron a buscar a bordo, diésel suficiente para que tengan electricidad durante una semana y puedan usar los cuatro refrigeradores que hay en la aldea.
Pero, y sobre todo, dejan la enorme esperanza de que van a volver al día siguiente con la ayuda tan deseada. Y nadie tiene coraje de decirles que no hay otro día. La misión era sólo hoy. Identificar las necesidades e informar el mando que controla la ayuda de ellas. Mañana el Normandy tiene otra misión. "Mi recomendación es de que tenemos que volver. Si no somos nosotros y alguien más. Pero hay que volver aquí porque esta gente está muy aislada y necesita ayuda", sostiene Demeyer. Además, "si no volvemos, dejan de creer en nosotros. Pierden la esperanza en nosotros", remata el oficial.