28 enero, 2010

LA AGONIA DE LOS FAMILIARES...


Familiar de una atrapada en el Hotel Montana. S. H. Mora

Frente al Hotel Montana, varias personas esperan poder sacar a sus familiares
Salud Hernández-Mora Puerto Príncipe
Actualizado jueves 28/01/2010 10:29 horas

Erik Nymen, un rubio norteamericano con cara de buena gente, se siente frustrado, impotente, devastado. Igual, supone que cientos de personas mantuvieron por días la esperanza de que su ser querido apareciera vivo bajo los escombros.
Durante una semana permaneció al pie de las ruinas del Hotel Montana, uno de los islotes de lujo que existían en la empobrecida capital haitiana. Su prometida, la francesa Chrystel Cancel, de 35 años, quedó atrapada cuando el terremoto asoló Puerto Príncipe. La chica no tenía que estar allí esa tarde, había terminado su trabajo y tenía planeado regresar a Panamá, donde residía con Erik. Pero algo se complicó y tuvo que extender un día su estancia.

“El edificio tardó 45 segundos en colapsar y no todos salieron corriendo”, explica el novio, que trabaja en aldeas rurales panameñas con USAID, la agencia de cooperación estadounidense. Ayudan a las comunidades apartadas a construir infraestructura básica con materiales locales y les forman para que controlen los dineros públicos y eviten a los corruptos.
“Conocí aquí a una chica que es natural de San Francisco, acostumbrada a los temblores. Estaba hospedada en el Montana y dice que se salvó por su experiencia, porque salió disparada en cuanto sintió el primer remezón. Pero Chrystel no conocía nada de terremotos”, comenta con desánimo. Era empleada de una empresa turística, especializada en cruceros, que estudiaba la posibilidad de hacer una escala en un puerto haitiano.
Falta de equipos de rescate
“Los trabajos de rescate fueron un desastre, no tenían los equipos adecuados y algunos bomberos, ni siquiera un compromiso humanitario”,
denuncia. Señala que había norteamericanos que no hacían un minuto fuera de su turno, que no movían un dedo extra; otros voluntariosos, como los colombianos, pero sin los recursos necesarios. “Nadie tenía los equipos potentes para perforar las construcciones, ninguno estaba preparado para la magnitud de este desastre. Yo tuve que encargarme de traer unos equipos de fuera porque a nadie parecía importarle nada”.

Se queja de la falta de coordinación, de que llegaban grupos de bomberos de cualquier país y no se coordinaba con los otros. Y lo que más le dolió, que un buen día desaparecieron los bomberos de Estados Unidos y los franceses, ignorando que Chrystel aún podía estar con vida, y ni siquiera se tomaron el tiempo de esperar a los siguientes para pasarles toda la información acumulada.
“Cada uno iba a lo suyo”, sentencia.

Mueren las esperanzas
Erik no sólo azuzaba a los socorristas en el terreno, sino que logró que su futuro cuñado en París acudiera a las televisiones para lanzar un SOS y buscaran a su hermana. “No sirvió de nada. Un buen día aparecieron las máquinas excavadoras y dieron por concluida la búsqueda”.

A ELMUNDO.es, en el hotel Montana, le explicaron unos médicos expertos que era casi imposible sobrevivir después de 96 horas; otros anunciaron que volvían a sus naciones por el mismo motivo, porque ya no encontrarían a nadie.

Pero otras voces piensan que es raquítica la cosecha de 130 rescatados de las edificaciones por todos los equipos foráneos llegado a Haití y lamentan la cantidad de vidas que se habrán extinguido poco a poco, en una agonía espantosa, aguardando que alguien los sacara. En especial en Leogane o Jacmel, dos urbes sacudidas con extrema dureza, que perdieron más de la mitad de casas y edificios.
El rescate ayer miércoles 27 de una adolescente, quince días después del sismo, obliga a pensar que Erik y los demás están en lo cierto, que Chrystel estaría ahora viva como muchos otros.