30 marzo, 2010

SE IMPUTA AL PAPA NO HABER DISCIPLINADO A CLÉRIGO PEDERASTA...

Lo toca un nuevo escándalo
Por Laurie Goodstein / The New York Times Nueva York -

Altos funcionarios del Vaticano -incluyendo el futuro papa Benedicto XVI- no destituyeron a un sacerdote que abusó de no menos de 200 niños sordos, aun cuando varios obispos estadounidenses les advirtieron en repetidas ocasiones que no tomar medidas sobre el asunto podría ocasionar confusión y vergüenza a la iglesia, de acuerdo con archivos eclesiásticos recién revelados como parte de una demanda.

La correspondencia interna de obispos en Wisconsin directamente al cardenal Joseph Ratzinger, el futuro papa, muestra que, mientras los funcionarios eclesiásticos porfiaban sobre si el sacerdote debía ser destituido, su máxima prioridad era proteger a la iglesia del escándalo.

Los documentos salen a la luz cuando el papa Benedicto se enfrenta a otras acusaciones de que él y algunos subordinados directos a menudo dejaron de alertar a las autoridades civiles o no disciplinaron a sacerdotes envueltos en abuso sexual cuando él era arzobispo en Alemania y como principal encargado del Vaticano de hacer cumplir la doctrina.

El caso de Wisconsin implicó a un sacerdote estadounidense, el reverendo Lawrence C. Murphy, quien trabajó en una renombrada escuela para niños sordos de 1950 a 1974. Pero este es sólo uno de miles de casos enviados durante décadas por obispos a la oficina del Vaticano llamada Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida de 1981 a 2005 por el cardenal Ratzinger. Todavía sigue siendo la oficina que decide si los sacerdotes acusados deben ser sometidos a juicios canónicos completos y destituidos.

En 1996, el cardenal Ratzinger no contestó dos cartas sobre el caso, enviadas por Rembert G. Weakland, arzobispo de Milwaukee en aquel entonces. Al cabo de ocho meses, el segundo en mando en la oficina de la doctrina de la fe, el cardenal Tarsicio Bertone, ahora secretario de estado del Vaticano, dio instrucciones a los obispos de Wisconsin para que iniciaran un juicio canónico secreto que pudiera llevar a la destitución del padre Murphy.Pero el cardenal Bertone detuvo el proceso después de que el padre Murphy escribiera personalmente al cardenal Ratzinger protestando y diciendo que no debía ser sometido a juicio porque ya se había arrepentido y estaba muy mal de salud, y que el caso estaba más allá de la ley de prescripción de la propia iglesia.

“Yo, simplemente, quiero vivir el tiempo que me queda en la dignidad de mi sacerdocio”, escribió el padre Murphy cerca del final de su vida al cardenal Ratzinger. “Solicito su amable ayuda en este asunto”. Los archivos no contienen ninguna respuesta del cardenal Ratzinger.

Salió airoso
The New York Times obtuvo los documentos, que la iglesia luchó por mantenerlos secretos, de Jeff Anderson y Mike Finnegan, los abogados de cinco hombres que han radicado cuatro demandas contra la arquidiócesis de Milwaukee. Los documentos incluyen cartas entre obispos y el Vaticano, declaraciones juradas de víctimas y notas escritas a mano de un experto sobre desórdenes sexuales que entrevistó al padre Murphy, y las minutas de una reunión final sobre el caso en el Vaticano.

El padre Murphy, no solamente no fue nunca juzgado o disciplinado por el propio sistema judicial de la iglesia, sino que también salió airoso ante la policía y los fiscales, quienes hicieron caso omiso a los informes de las víctimas, según documentos y entrevistas con las víctimas.

A tres arzobispos sucesivos en Wisconsin se les dijo que el padre Murphy estaba abusando sexualmente de niños, según muestran los documentos, pero jamás fue reportado a las autoridades criminales o civiles.En vez de ser disciplinado, el padre Murphy fue trasladado en secreto por el arzobispo William E. Cousins, de Milwaukee a la diócesis de Superior, al norte de Wisconsin, en 1974, donde pasó sus últimos 24 años trabajando libremente con niños en parroquias, escuelas y, tal como acusa una demanda, un centro de detención juvenil. El padre Murphy murió en 1998, a la edad de 72 años, y fue sepultado con su vestimenta de sacerdote. El arzobispo Weakland escribió una última carta al cardenal Bertone, explicándole que lamentaba que la familia del padre Murphy hubiese desobedecido las instrucciones del arzobispo de que el funeral fuera modesto y privado, y que el ataúd permaneciera cerrado.

“A pesar de estas dificultades”, escribió el arzobispo Weakland, “confiamos todavía que podamos evitar la publicidad excesiva, que sería negativa para la iglesia”.
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Toca al Papa un nuevo escándalo - El Nuevo Día
Ratzinger y el pasado que regresa

Lo ha alcanzado convertido en Papa para confrontarlo en el silencio de su alcoba vaticana con una crisis de enormes proporciones

Por Mario Alegre Barrios / Periodista
Transcurren los días y el pasado regresa para alcanzar una y otra vez al Papa cuando todavía no lo era, cuando aún no se cambiaba el nombre y todavía era Joseph Ratzinger, el cardenal que, con un sitio de privilegio en el Vaticano, nada hizo cuando -por ejemplo- varios obispos estadounidenses denunciaron ante la Santa Sede que un sacerdote había molestado sexualmente a cerca de 200 niños sordos de una prestigioso instituto en el estado de Wisconsin entre los 60 y los 70.

Según acaba de ser revelado en un nuevo episodio de la serie de escándalos que sacuden la Iglesia católica, los obispos solicitaron directamente al cardenal Ratzineger que el reverendo Lawrence C. Murphy fuese destituido luego de haberse probado su abominable conducta. En esencia, jamás hubo una respuesta definitiva. La correspondencia oficial cruzó el Atlántico en una sola dirección y la complicidad del futuro Papa cubrió con un manto de silencio el crimen que se unió así a otras omisiones similares atribuidas a Ratzinger mientras era arzobispo en Alemania y se desempeñaba también como la principal autoridad doctrinal en el Vaticano.

Sin duda alguna, la borrasca que enfrenta la Iglesia católica tiene dos rostros de similar gravedad: por una parte, los abusos, perpetrados por sacerdotes y, por otro lado, la falta de voluntad de las autoridades eclesiásticas para resolver una situación que el Vaticano ha ocultado durante décadas, más preocupado por cuidar la imagen propia y de sus “pastores” que la integridad de su “rebaño”.Con estos antecedentes, es pertinente preguntar si Benedicto XVI podrá disciplinar, no sólo a los ofensores, sino también a los obispos que de alguna manera han sido cómplices para la impunidad de los primeros.

Las revelaciones de las últimas semanas respecto a escándalos de similar naturaleza en Irlanda, Alemania, Francia e Inglaterra demuestran que cuando el Papa aún no lo era, su desempeño como obispo, arzobispo y cardenal fue bastante laxo con quienes usaron la sotana y el crucifijo en el pecho para abusar sexualmente de centenares de niños.Estas crónicas de terror están plagadas de clérigos infractores, de sacerdotes lascivos, de monjas hipercarnales que, luego de haber saciado sus necesidades sexuales de la peor manera posible -porque ningún problema veo si lo hacen en solitario o con adultos, con el consentimiento previo de éstos, claro- reciben “terapias de rehabilitación¨ y al poco tiempo los cambian de congregación, donde más temprano que tarde vuelven a sentir el llamado de la carne y saciarlo de la única manera que conocen.

En respuesta a la revelación de ayer de The New York Times sobre el caso del reverendo Murphy, el Vaticano acusó a la prensa internacional de intentar distorsionar la imagen de la Iglesia católica, con el argumento tan estúpido como pueril de que ella no es “la única responsable de los abusos sexuales”, como si el pecado, por ser compartido, fuese también menos grave.Durante las últimas semanas se han mencionado cifras: 100, 200, 300, 3,000... y en el proceso se corre el riesgo de reducir a cifras un drama que en su frialdad numérica representa a seres -en su mayoría niños- que han visto sus vidas marcadas y sufrido sus propios infiernos a manos de esos “hombres de Dios” cuyos crímenes continúan siendo minimizados por el Vaticano con una retórica que insulta la inteligencia de quienes no son cegados por la fe.

Hace una semana el Papa ofreció disculpas a los irlandeses por los excesos sexuales de sus sacerdotes y en el gesto cometió otro pecado de omisión: no hizo la menor alusión a las miles de ofensas similares en otros lugares, no dijo una sola palabra respecto a la manera como la Iglesia resolvería el problema y tampoco qué medidas aplicaría a los ofensores.Aunque se sabe que el Vaticano -en general- y Ratzinger -en particular- no tienen la autocrítica como una de sus virtudes, es impostergable que ambos se hagan cargo cabalmente del problema que plantean los sacerdotes pederastas.

Para ello deben -de una buena vez- aceptar sin reservas su responsabilidad y colaborar con una investigación exhaustiva de todos los casos de abuso sexual posibles. Asimismo, es vital que establezcan una política de cero tolerancia con cualquier transgresor, con penalidades fulminantes y no con castigos de severidad progresiva, porque abusar sexualmente de un niño no es lo mismo que cometer una infracción de tránsito.Sí, en estos días el pasado ha regresado para visitar a Joseph Ratzinger. Lo ha alcanzado convertido en Papa para confrontarlo en el silencio de su alcoba vaticana con una crisis enorme para la institución que tan bien se ha servido de la fe de millones de personas desde hace más de dos mil años.Una última reflexión: La fe de Ratzinger le asegura que al final del camino deberá dar a alguien algunas explicaciones de lo que hizo en vida. ¿Estará preparado para eso?