09 febrero, 2010

EL AUTOBUS DE LOS SUEÑOS...

Cada mañana hay peleas por entrar en los autocares que salen de Haití con rumbo a Santo Domingo para volar a Estados Unidos
FRANCISCO PEREGIL, ENVIADO ESPECIAL - Santo Domingo - 09/02/2010

A simple vista, la escena parece muy simple: los negros luchan por entrar en el autobús, los blancos tienen preferencia y los mulatos se enriquecen con la huida masiva de negros. Los escoltas negros de Caribea Tours abren con cuentagotas una puerta de hierro azul, un chófer blanco sonriente, de pie, reclinado en la puerta del autobús graba con una cámara de videoaficionado los empujones, los gritos y los codazos. Avanza una hilera de blancos con determinación y el mar de espaldas, brazos y cuellos se abre a su paso. Las protestas son muy leves.
Es la cola para viajar por carretera desde Puerto Príncipe a Santo Domingo en Caribe Tours, la principal empresa de autobuses. Antes del terremoto del 12 enero salía un solo vehículo y ahora salen cuatro. La gente se pasa la madrugada esperando a que abran las puertas a las siete de la mañana para comprar el billete del día siguiente. Y al día siguiente, con el billete en la mano, de nuevo la lucha por atravesar el azul de la puerta.
Alguien podría decir que se reproduce la historia reciente del país a pequeña escala: una élite mulata que dirige el destino del Haití, una mayoría negra en lucha permanente por la vida, y los blancos disfrutando de un trato preferente. Pero Lynn Williams, mulata y esposa del dueño mulato de Caribe Tours, no está de acuerdo: "Eso de la élite mulata ya hace tiempo que no es verdad. Hay también negros con mucho dinero. Y mulatos pobres. Y en cuanto al trato a los blancos, no es porque sean blancos, sino porque son bomberos, médicos, periodistas, gente que ha venido a ayudarnos, a sacarnos de los escombros, a operarnos y a contar lo que está pasando aquí. Han venido a trabajar por nosotros y ésta es nuestra única manera de compensarlos".
Cuando un viajero logra verse al otro lado del hierro azul, lo principal ya está hecho. El resto de la familia le pasa por lo alto del portón las maletas y a veces algún bebé.
Una vez, atravesado el portón, Lynn Williams Rouzier intenta organizar una fila, ayudada por sus cuatro empleados de seguridad: "No entiendo por qué se pelean y no entiendo por qué se van del país. El terremoto tiene que ser una oportunidad para construir un nuevo Haití. Todos los que están ahí fuera ya tienen su billete reservado desde ayer, ya han pagado y tienen su plaza asegurada. Pero si no se pelean es como si les faltara algo. Tal vez piensan que si no se van ahora mismo van a perder algo. Sueñan con una vida mejor en Estados Unidos. El 75% o el 80% de los que se van en autobús llegan con visado americano. Pero se van a llevar una gran desilusión. Porque el Gobierno americano dijo que los haitianos que ya se encontraban antes del 12 de enero en Estados Unidos se podían quedar 18 meses. Y aquí vienen ahora todos pensando que se pueden quedar 18 meses. La parte primera de la frase, la que dice que sólo dejarán a los que ya vivían allí antes del terremoto, no la quieren escuchar".

La familia Rouzier es una de las más conocidas de Puerto Príncipe. Además de los autobuses, Lynn Williams y su hija Marynn Rouzier poseen una academia de danza clásica a pocos metros de Caribe Tours. Trabajan desde las siete a las dos de la tarde. Y a las tres ya están dando clases hasta las cinco. En menos de una hora, cambian los gritos y el tumulto por la armonía y la disciplina del ballet. Por más que tratan a sus clientes no logran entender la estampida. "He visto cómo una gente se empeñaba en sacar a la abuela del país y la pobre viejita no quería. Le compraron el boleto y cuando al día siguiente la trajeron en auto y la iban a meter en el autobús, la mujer murió de un infarto", explica Marynn Rouzier. "Y he visto también salir a una embarazada de ocho meses que después de casi diez horas de viaje murió a las cuatro horas de haber llegado a Santo Domingo".

Unos haitianos podrán llegar a Estados Unidos y con el tiempo serán capaces de enviar dinero a su familia. Y otros, sólo llegarán a trabajar en los empleos que nadie quiere en República Dominica. De momento, una esquina de la calle 28 de Santo Domingo, ya se ha llenado de haitianas pidiendo con sus bebés en brazos.