26 mayo, 2010

...Y QUIEN COMPADECE AL TORO...

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La espectacular cogida del matador Julio Aparicio ha estremecido a la opinión pública. ¿Sobra alguna compasión para la eterna víctima de una brutalidad ideada y alimentada por el ser humano?

Julio Ortega Fraile
Maltrato Animal: Un Crimen Legal
25-5-2010 a las 18:14

Fuente: Kaos en la red
Pocos, muy pocos han sido los medios de prensa escrita que estos días no han publicado la impactante imagen de la cogida del matador Julio Aparicio, esa en la que el pitón del toro le entra por la garganta y le asoma por la boca. Y supongo que nadie, con un mínimo de sensibilidad, ha dejado de experimentar un estremecimiento de horror ante semejante escena.
La figura del hombre ensartado se muestra en la parte izquierda de la instantánea, pero yo me pregunto, ¿cuántos han reparado en la zona de la derecha de esa misma fotografía?, allí dónde se contempla una gran mancha roja de sangre sobre el cuerpo de toro, la que brota del agujero provocado por la pica y del lugar en el que aparecen, también ensartadas, varias banderillas.
El sobrecogimiento para el dolor del torero, la indiferencia para el sufrimiento del animal. Curiosa postura, y muy parcial, sobre todo teniendo en cuenta que la angustia y las heridas de uno y de otro, son el resultado del placer y del negocio que el ser humano obtiene de la tortura de un toro y que éste último, nunca elige participar en tan brutal y repugnante representación.
Nos hablan los periódicos de la entereza, del valor y de la dignidad de Julio Aparicio, de su tranquilidad, porque, afirman, "los grandes toreros son así". Él está sereno, Opíparo está muerto, como los toros a los que el matarife cortó las orejas un día antes en Nimes, como los que seguirán padeciendo y muriendo bajo su espada una vez que se haya restablecido y regrese a esos infamantes ruedos donde se entremezclan la vergüenza, el atraso, la angustia y la muerte.
Debería, la imagen de la cogida, ser razón suficiente como para prohibir de una vez por todas y sin excepciones una tradición criminal, letal para todos los toros y de vez en cuando también para algún hombre, a la que siguen asistiendo niños, que se promueve y subvenciona desde instancias oficiales y que cuenta con el respaldo de personajes muy poderosos. En definitiva, todo un aparato al servicio de una costumbre que nos equipara con los pueblos más salvajes del Planeta y que echa por tierra nuestro pretendido afán de universalización de los derechos.
Quien practica la violencia, el que vive de ella, el que la ensalza y procura su continuidad, no merece ser llamado héroe, sino individuo nocivo, porque lo es tanto para sus víctimas como para la sociedad en la que da rienda suelta a su agresividad con incomprensible impunidad. Y que ningún taurino diga que me alegro de la suerte de este torero, no lo hago tampoco cuando un pirómano se abrasa con las llamas que ha provocado, pero no olvidemos que las heridas, por graves o espectaculares que sean, no otorgan ética a conductas que carecen de ella. E ignorar que los toros son asesinados en razón de su especie, es una demostración de lo que digo.

Julio Ortega Fraile